Adaptacion y direccion de Nuria Alkorta.
En la programación de las actividades culturales de la Jornada Mundial de la Juventud - Madrid 2011
16 de agosto a las 22h.
17 de agosto a las 21h.
18 de agosto a las 22h.
Teatros del Canal - Sala Roja
C/ Cea Bermúdez, 1. CP 28003 Madrid

| Reparto | |
|---|---|
| El Pecado | Sonia de la Antonia |
| La Gracia | Marta Morujo |
| El Hombre | José Rubio |
| El Albedrío | Laura Cabrera |
| La Lascivia | Esther Pumar |
| La Soberbia | Paula Rodríguez |
| La Avaricia | Germán Scasso |
| La Gula | Joseba Gómez |
| La Envidia | Álvaro Mayo |
| La Ira | Begoña Díaz |
| La Pereza | Catalina Puello |
| La Voz y el Oido | Muriel Sánchez (soprano) |
| La Voz y La Iglesia | Pilar Belaval (mezzosoprano) |
| Músicos | |
|---|---|
| Flauta de pico | Juan Portilla |
| Violin barroco | Isaac Martínez Pulet |
| Órgano barroco | David Santacecilia |
| Vihuela de Arco | Laura Salinas |
| Tiorba y guitarra barroca | Fernando Serrano |
| Percusion | Sergey Saprychev |
| Direccion Musical | Isaac Martínez Pulet |
| Equipo Artístico y Técnico | |
|---|---|
| Diseño de escenografía | José Luis Raymond |
| Diseño de iluminación | Francisco Caballero |
| Diseño de vestuario | Elizabeth Wittlin |
| Diseño de utilería | Javier Chavarría |
| Adaptación musical | Álvaro Mayo |
| Coreografía | Marco Antonio Medina |
| Diseño de cartel | Patricia Rodriguez |
| Diseño programa | Susi Trillo |
| Fotografía | Anna Dalmás |
| Realización de vestuario | Sol Curiel |
| Realización de utillería | Estudio de diseño altura Equis |
| Montaje de iluminación | J.L.Light |
| Técnica de iluminación | Maria Montero |
| Asesor literario y artístico | Antonio Regalado |
| Lucha escénica | Mon Ceballos |
| Asesor de arte | Pablo Jiménez |
| Creación sonora | Mariano Garcia - Studio 340 |
| Diseño de caracterización | Mercedes Fernández Roca |
| Regiduría | Iris Bolla |
| Covers | Julia de Castro, Roy Deliapini y Mon Ceballos |
| Director Técnico | Miguel Angel Camacho |
| Maquinaria | Francisco Ponzón |
| Iluminación | Amaia Vargas y Juan C. Pascual |
| Sonido | Mariano García, Sandra Vicente, Carlis Flores y Miguel González |
| Sastra | Ana Montes |
| Ayudante de escenografía | Laura Ordás |
| Realización de escenografía | Mambo Decorados |
| Producción | |
|---|---|
| Director de producción | Javier Pérez Opi |
| Ayudante de Produccion | Santiago Ruiz Izquierdo |
| Productor ejecutivo | Rubén Agote |
| Adaptación y Dirección | Nuria Alkorta |
Los autos sacramentales representados durante la festividad del Corpus Christi en alabanza del misterio de la eucaristía, pertenecen a un género dramático propio de la literatura del Siglo de Oro. Pedro Calderón de la Barca (1600-1681) el escritor de autos por antonomasia, fue desde 1649 hasta el año de su muerte el único dramaturgo contratado por la Junta del Corpus para componer los dos autos anuales que se representaban en la fiesta del Corpus madrileño, ante el Rey, los distintos consejos del Reino, el ayuntamiento de Madrid y el pueblo, que no se cansaba de verlos ya que se seguían representando en los corrales de comedias durante cuatro semanas después de terminar las fiestas. Era unánime el consenso de todos los públicos, y de las compañías de representantes, que los autos tenían que ser del autor de La vida es sueño, y de nadie más. Esta obligación impuso sobre Calderón hábitos de trabajo que le llevaron a investigar, explorar, inventar y experimentar sin descanso, superándose a si mismo una y otra vez, hasta el final de su vida. Un contemporáneo, cuyas opiniones reflejan fielmente la universal aprobación de los autos, se admira de que con el paso del tiempo no decaiga la destreza y profundidad de “este sutilísimo ingenio”, señalando que siendo insuperable el auto que acaba de leer, el siguiente es aun mejor.
Calderón, gran creador de lenguajes, brillante escenográfo y dueño de un enorme talento práctico, consiguió por medio de la alegoría representar realidades que escapan de las redes de la razón o que la razón oculta, logrando hacer patente ante los sentidos, los afectos, el entendimiento y la devoción, que lo que se oye y se ve es “realidad y no concepto”. Calderón no se cansó de bucear a lo largo de su ingente obra, en la tenebrosa sima de la conciencia humana donde anida emboscado el secreto gemido que el homo viator se esfuerza en vano por reprimir y suprimir. La propensión del hombre a tapar el abismo con un falso techo de raciocinios lo describe magistralmente un personaje del auto Psique y Cupido: “yo solo fundo / en razón mi razón, pues los abismos / de todos venzo con mis silogismos”.
Calderón, reconocido como el más grande artífice dramático de Occidente, acuño los términos “concepto imaginado” y “práctico concepto” para distinguir entre la invención a priori del argumento y su articulación en vistas a la puesta en escena. Calderón perfeccionó un arte alegórico que aúna dialéctica y símbolo en un afán de reconciliar la gracia y las obras, la necesidad y la libertad, la razón y la fe, hombre y Dios. Captaremos el sentido alegórico de la representación, nos advierte el mismo dramaturgo, si mantenemos en vilo simultáneamente el sentido literal y el simbólico, el histórico y el mítico, viendo y oyendo a “dos visos”, a “dos luces”. Aquí debemos recordar que el título completo de los autos, reza así: Autos sacramentales, alegóricos e historiales.
En el auto El año santo en Madrid escrito para el Corpus de 1652, el hombre viador, al llegar a la gran Corte del Mundo, cambia su atuendo de peregrino por el traje de cortesano, ponderando meditativo que seguirá siendo viador en este valle de lágrimas:
Aunque la esclavina trueque
al cortesano vestido,
no por eso el Hombre deja
de ser siempre peregrino.
Pues es la vida un camino,
que al nacer empezamos,
y al vivir proseguimos,
y aun no tiene su fin, cuando morimos.
El peregrino, pese su buena voluntad, no tardará en verse arrastrado por los vicios capitaneados por la Lascivia y la Soberbia, extensiones de su deseo libidinoso y de su vanagloria. A lo largo de la representación, el Hombre atenazado por las angustias de la indecisión, entablará un doble combate, con el mundo y consigo mismo, entrando en el juego, el Albedrío, la Gracia, el Pecado y los siete vicios. En esa agónica lucha se destacan el auxilio de la Gracia y la libertad de elección del Hombre, personificada en la figura del Albedrío. En el libre albedrío cabalga tanto la propensión al bien como la propensión al mal, desdoblamiento encarnado por dos actores que interpretan en el tablado al Hombre y su Albedrío, arrastrando éste a aquel, contradiciéndolo, o poniéndose de acuerdo con él. Calderón ha descrito este combate interior con una extremada paradoja, que pone en boca del Hombre cuando éste, perdido en la caverna de sus penas, se dice perplejo a si mismo: “contra mi albedrío / se vuelve la razón de mi Albedrío”. Esta absurda aserción cobra sentido cuando la Gracia le advierte: “que no tiene tu Albedrío / fuerza contra ti ninguna, / si no se la das tu mismo”. El conflicto del viador es un vivo ejemplo de las palabras de San Agustín: “Manda el alma al cuerpo y le obedece al punto; mándase el alma a si misma y se resiste”.
El peregrino, que deambula por el tablado del gran teatro del mundo, se hace presente como una viviente y existencial metáfora, recordándole continuamente al espectador que él también está en camino. La alegoría no se confina a ser una hermenéutica del hombre viador, es además, y esencialmente, una forma de vida.
En El año santo en Madrid, obra de impecable dramaturgia que no se ha representado desde hace más de cuatrocientos años, se pone en escena el estar en el mundo de la naturaleza humana, emplazada entre el nacer y el morir; límites de una representación que dura solo un rato. El arte alegórico calderoniano es de tal fuerza que posee la capacidad de despertar motivos de reflexión en aquellos espectadores que se dejan conmover, y de provocar la admiración de todos los públicos.
La técnica dramática de los autos sacramentales se manifiesta como un paradigma artístico abierto que tiene mucho que decirnos hoy, cuando escritores, pintores, escultores, filósofos y arquitectos han vuelto a descubrir el enorme potencial artístico e intelectual de la alegoría. Presos en el raquítico espacio simbólico, de la llamada posmodernidad, sentimos día a día la necesidad, de una imagen dramática de la existencia que nos permita tomar conciencia de los ideales que tendemos a suprimir y de las contradicciones que tendemos a reprimir.
No es algo meramente fortuito que el filósofo José Ortega y Gasset, ajeno a la fe cristiana, acudiese al género del auto sacramental con el fin de describir la vida del hombre (al que llegó a definir como “peregrino del ser” y “existencial metáfora”) como res dramatica, lo que le llevó a afirmar que “el drama del hombre es en rigor un auto sacramental, un misterio, en el sentido de Calderón, es decir un acontecimiento trascendental”.
Desde la prohibición por el gobierno ilustrado de Carlos III, el 9 de junio de 1765, de la representación de los autos sacramentales (“por ser los teatros lugares muy impropios y los comediantes instrumentos indignos para representar los sagrados misterios de que tratan”), han dejado de formar parte de la celebración del Corpus en Madrid. Es la intención de la Compañía teatral delabarca que los autos sacramentales escritos, en palabras del dramaturgo, por “un humilde hijo de Madrid”, vuelvan a formar parte de la celebración del Corpus madrileño. Hoy escasean las representaciones de los autos, más de la tercera parte de un cuerpo dramático de casi doscientas obras. Se hace necesaria la investigación y desarrollo de una poética dramática que haga justicia a las revolucionarias y profundas aportaciones de los autos sacramentales a la práctica teatral.
Recordemos que en el siglo pasado el arte alegórico de Calderón ha cautivado a dramaturgos como Hugo Von Hofmansthal que hizo una brillante adaptación del auto El gran teatro del mundo, y a grandes críticos y pensadores como Ernst Robert Curtius y Walter Benjamin. En la segunda mitad del siglo XIX el compositor Richard Wagner, que colocó a Calderón en una cumbre solitaria, cuando estuvo enfrascado en la composición de Parzifal, nos cuenta su mujer Cosima, que dividía la jornada entre la ópera y la lectura de obras del autor de los primeros libretos de ópera de España, don Pedro Calderón de la Barca. Federico García Lorca, entusiasmado con el arte alegórico de Calderón, puso en escena en 1932, con su recién formado grupo La Barraca, el auto sacramental La vida es sueño, en el que hizo el papel de la Sombra. Siguen siendo actuales las palabras que pronunció hace casi ocho décadas el autor de Bodas de sangre, tragedia en la que se perciben las huellas del arte alegórico de su maestro Calderón: “que tener encerradas las grandes voces poéticas del Siglo de Oro es lo mismo que cegar las fuentes de los ríos o poner toldos al cielo para no ver el estaño duro de las estrellas”.
Antonio Regalado
El año santo en Madrid - Auto sacramental (descargar pdf)